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martes, 20 de abril de 2010

La oración de una madre


Los legítimos afectos de una madre por sus hijos pueden entrar en pugna con la voluntad de Dios.
Betty Taylor
Un día en que Betty Taylor no estaba en casa, su hijo Hudson Taylor, de apenas 17 años de edad, fue a la biblioteca de su padre en busca de algún libro con el cual entretenerse. Como nada lo atrajo, se volvió hacia un pequeño canasto con folletos y escogió entre ellos uno de evangelismo, que parecía interesante, con el siguiente pensamiento: “Debe haber una historia al principio y un sermón o moraleja al final. Me quedaré con lo primero y dejaré lo otro para aquellos a quienes les interese”.
Se sentó para leer el folleto totalmente indiferente, creyendo realmente que si hubiese salvación, ésta no sería para él. Pero él no sabía lo que pasaba por el corazón de su madre en ese momento, a 120 kilómetros de allí. Ella se había levantado de la mesa con un intenso anhelo por la conversión de su hijo. Fue a su cuarto y resolvió no salir de allí hasta que sus oraciones fuesen respondidas. Hora tras hora aquella madre rogó por Hudson Taylor hasta que ya no pudo orar más, sino que fue impulsada a alabar a Dios, con la convicción de que su oración ya había sido respondida.
En aquella misma hora, mientras leía el folleto, Hudson Taylor quedó impresionado con la frase: “La obra consumada de Cristo”. Él pensó: “¿Por qué el autor usó esta expresión? ¿Por qué él no dijo ‘la obra redentora o propiciatoria de Cristo’?”. Inmediatamente las palabras “está consumado” vinieron a su mente. ¿Qué estaba consumado? Luego él mismo se respondió: “Una expiación plena, perfecta y satisfactoria del pecado; la deuda estaba pagada por el Sustituto; Cristo murió por nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero”.
Vino entonces un pensamiento: “Si toda la obra está consumada y la cuenta completamente pagada, ¿qué resta por hacer?”. Y con eso brilló la convicción jubilosa en su alma, por medio del Espíritu Santo, de que nada había que hacer sino arrodillarse y aceptar a ese Salvador y su salvación, y alabarlo para siempre. Así, mientras aquella madre estaba alabando a Dios arrodillada en su cuarto, él alababa a Dios en aquella biblioteca a la que había ido para leer.
Pasaron varios días. Cuando su madre regresó, él fue el primero en ir a su encuentro para contarle las buenas nuevas. Su madre lo abrazó diciendo: “Lo sé, hijo; me he alegrado ya por quince días con las buenas nuevas que tienes para darme”.


Catherine Talmage
Catherine Talmage fue la madre del gran orador y predicador T. DeWitt Talmage. Junto con otras cuatro madres, ella se reunía todas las tardes de sábado en la casa de una vecina para orar por la conversión de sus hijos. Esta “conspiración santa” fue guardada en secreto por la familia hasta su muerte. Pero las oraciones ofrecidas con sinceridad por aquellas madres fueron oídas en el trono de Dios y los hijos de todas aquellas familias se convirtieron. De los once hijos de la familia de Catherine, su hijo DeWitt fue el último. Y él –la última oveja perdida– fue llevado a Dios a través de la ministración de un predicador visitante.
La familia estaba sentada alrededor de la chimenea cuando su padre se volvió hacia el ministro y le pidió que leyese un capítulo de la Biblia y orase. Él leyó la historia de la oveja perdida. Luego, el predicador preguntó a aquel padre si todos sus hijos eran salvos. “Todos, excepto DeWitt”, respondió el padre. El ministro, contemplando el fuego, contó la historia de la tempestad en las montañas, de las ovejas en el redil, de la última oveja, y del pastor que arriesgó su vida hasta encontrarla y traerla a casa.
Antes que la noche terminase, DeWitt Talmage obtuvo la bendita seguridad de que todas las ovejas –y ahora él también–, el último de la familia en convertirse, estaban en el redil.


Una pobre lavandera
Hace ya varios años, una pobre mujer fue obligada por las circunstancias a trabajar como lavandera, debido a las necesidades financieras que su familia estaba pasando. Mientras trabajaba en la artesa con agua y jabón, sus lágrimas se mezclaban con la espuma a medida que derramaba delante de Dios la carga de su corazón por la salvación de su hijo. Ella no fue rechazada en su petición, y su hijo –Edward Kimball– nació de nuevo, y llegó a ser un maestro de escuela dominical con un gran sentido de responsabilidad por sus alumnos.
Uno de esos alumnos fue D.L. Moody, el hombre que alcanzó multitudes. Edward Kimball, nacido de la oración, sentía igualmente una gran preocupación por aquel estudiante de 17 años de edad de su clase. Desechando toda resistencia, visitó la zapatería donde Moody trabajaba. Como resultado de ese encuentro, aquel día Moody fue convertido. ¡Cuán poco fue alabada aquella humilde lavandera por la parte que le cupo en el ministerio de Moody! Pero los registros eternos infaliblemente incluirán todos los vínculos en la corriente de la providencia. ¡Cuán interesante será trazar la fuente de todas las obras de Dios con esta poderosa arma que es la oración!
Fuente: aguasvivas.cl

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